Expresó que la difícil del país ha sido caldo de cultivo para que los propietarios ganen espacio en el control de los medios, haciendo retroceder el poder de los profesionales, y generando un periodismo de menos investigación y más superficialidad.
El director del matutino Uno Más Uno pronunció una conferencia sobre el significado de ser periodista hoy, en
la Cuarta Cumbre Iberoamericana de Comunicadores, organizada por Infomega, que dirige Wilson Hernández.
¿Qué significa ser periodista hoy en la República Dominicana? Eso depende del valor de cada quien en el mercado laboral. Para los que ya vamos en la pendiente resbaladiza de los años, es cuestión de capacidad de maniobra y negociación para mantener los espacios libertarios conquistados durante décadas de trabajo, dijo el prestigioso periodista.
Explicó que el cuadro nacional de los medios de comunicación es menos auspicioso para las nuevas generaciones de periodistas. A ellos les costará mucho más esfuerzo, templanza y valor ejercer el periodismo con grados significativos de libertad, para lo cual tendrán que esmerarse en una amplia y profunda formación, dijo.
Por supuesto explicó–estoy hablando de ser periodista de verdad. Porque los mercantiles de esta profesión no tendrán demasiado problemas. Es más, ahora ganan más principalía y tendrán mejores oportunidades, en la misma medida en que se quiten la cabeza y la coloquen en la mesa de los intereses que controlan la comunicación.
Díaz, que fue director de los diarios El Sol y El Nuevo Diario, y que hace 18 años fundó el matutino Uno Más Uno en Teleantillas, fue explícito sobre el tipo de periodista al que se refería.
Hablo de que ser periodista es ser comunicador, y que comunicar es servir al interés de la comunidad, de la sociedad, sin exclusiones ni complicidades, reivindicando la multiplicidad de voces, la pluralidad, la universalidad del derecho a la libertad, a la justicia, a la vida.
Declaró que ser periodista hoy como ayer es coherencia en la búsqueda del bienestar de toda la colectividad, aunque para ello haya que sacrificar el bienestar individual y hasta la seguridad personal y familiar.
Por su importancia y la claridad expositiva, Clave Digital reproduce el texto íntegro de la conferencia de Juan Bolívar Díaz.
Qué significa ser periodista hoy
Por Juan Bolívar Díaz
Cuando Wilson Hernández me propuso el tema para este evento lo consideré como una provocación. Y me pregunté por qué tenía que ser yo quien lo abordara. En principio tuve la tentación de decirle que se buscara otro quijote que quisiera crearse problemas por estar ejercitándose en la filosofía de la comunicación en una etapa en que predomina todo en el periodismo, menos la esencia comunicativa.
Me dije que tendría que abordarlo en el ámbito internacional para garantizarme más posibilidades de salir indemne de esta prueba. Pero luego me invadió un sentimiento de cobardía y vergüenza. Si este evento iba a ser un ejercicio académico o un encuentro de reflexión, no podíamos eludir el bulto. Y decidí que habría que ver el ejercicio del periodismo tanto en la dimensión universal como nacional.
¿Qué significa ser periodista hoy?
Al igual que hace casi cuatro décadas cuando comencé a hilvanar historias y sueños cotidianos, hay dos caminos para el que asume la profesión de periodista: incorporarse a un oficio que abre muchas puertas al ascenso social y el mejoramiento económico, tantas como capacidad se demuestre para desprenderse la propia cabeza y colocarla en el escritorio del jefe o del propietario, mejor si de ambos a la vez; o sumergirse en la investigación de la realidad, asumir el mandato de la comunicación -que es hacer común las cosas: los sueños, las luchas, las aspiraciones, las necesidades y hasta los bienes- y comprometerse con el progreso de la sociedad en sus más profundas expresiones.
Ser periodista, hoy como ayer, significa fajarse para ganarse una parte del espacio que los poderosos administran, para ofrendarlo en el altar de la búsqueda de la verdad, deshaciendo entuertos, rechazando exclusiones y tratando de recoger todas las voces del concierto social.
Asumir la responsabilidad de ser periodista siempre ha sido una tarea titánica que implica un desafío dialéctico entre el individuo y el director; entre el profesional y el empresario; y al mismo tiempo trazar los hilos de la convivencia y el entendimiento entre los respectivos intereses. Sobre todo en la medida en que el periodismo se industrializó y se fue haciendo transnacional, demandando cada vez más recursos tecnológicos y por supuesto más capital.
Cuando asumí este oficio, en la mitad de los sesenta, el terreno periodístico era todavía propiedad de los periódicos, aunque la radio le trababa hipotecas y le arrebataba parcelas cada vez más importantes. Pero la radiodifusión era pura información, con la superficialidad de lo auditivo, y estábamos en el apogeo del periodismo investigativo, con la irrupción de los nuevos profesionales de la comunicación y de los escritores que marcaban su fuerza en las redacciones. La televisión empezaba a imponer su dominio del espectáculo y el inmediatismo, pero no reinaba.
Todavía había por todas partes del mundo diarios innovadores que rendían culto a la independencia y la libertad, aunque eran tambaleados con frecuencia por la reacción de los intereses mercantiles. Y menudeaban las publicaciones no diarias que sacudían la opinión pública con sus reportajes de investigación.
La radiodifusión era reducto de medianos y hasta pequeños inversionistas que colocaban el medio en manos de profesionales. Y como las naranjas, unos salían dulces y otros agrios, pero había diversidad de opciones.
Todavía hace un par de décadas ser periodista en nuestros medios latinoamericanos era batirse a diario con el autoritarismo y la dominación militarista, caudillista y criminal, en reclamo de libertad, de derechos políticos y sindicales, hasta el grado de sacrificar las propias reivindicaciones, privilegiando la alianza con los propietarios para defendernos del Estado impostor y criminal de la seguridad nacional.
En América Latina hay un rastro inmenso de sangre derramada por los comunicadores que asumieron su responsabilidad, en medio de las confrontaciones calientes de la llamada guerra fría.
El periodismo sigue siendo una profesión de grandes riesgos en muchas partes del mundo, pero en la medida en que los pueblos latinoamericanos dieron el salto a esta etapa de democracia formal en que nos encontramos, se ha reducido significativamente la cuota de desapariciones y asesinatos, de exilios y cárcel para los gorriones de los diarios.
Las tensiones se fueron identificando con la dominación económica en la medida en que los grandes capitales concentraban la propiedad de los medios; la batalla se trasladaba primero al reinado mismo de las redacciones y después a los despachos de las corporaciones.
Hemos llegado al pleno dominio del poder del dinero de los tiburones de la comunicación. El poder informático concentrado impone la era de la manipulación mediática, que adelantaron Herbert Schiller, Jean Schwoebel, Armando Mattelard, Camilo Taufic y tantos otros profesores e investigadores de la comunicación que hasta hace poco parecían radicales enemigos del capital.
Es cierto que siempre se ha requerido recursos económicos para comunicar. Ya en 1848 Lamennais proclamaba que es preciso oro, mucho oro, para ejercer el derecho de hablar: no somos suficientemente ricos, silencio a los pobres. Pero nunca se había concentrado tanto el poder de la comunicación. Porque nunca antes las nuevas tecnologías y los costos financieros habían impuesto tanto su tiranía sobre la competencia comunicativa.
En un artículo reciente el filósofo y periodista catalán Ignacio Ramonet pasa revista a la situación de la prensa mundial para concluir en que los medios de comunicación atraviesan por una profunda crisis, con desaparición de muchos periódicos, reducción de su circulación y concentración en manos de grandes conglomerados empresariales transnacionales. En Europa, como en Asia, en Estados Unidos como en América Latina.
Se trata de grupos financieros e industriales que controlan el poder económico y que están en connivencia con el poder político. Después sostiene que se impone el dominio del periodismo complaciente, al tiempo que el periodismo crítico retrocede, preguntándose si a la hora de la globalización y de los megagrupos mediáticos no está desapareciendo la noción de prensa libre.
El asunto es que el liberalismo salvaje que se ha apoderado del mundo ha roto hasta con las más sanas previsiones de las normas de uso de las limitadas frecuencias de las ondas hertzianas y televisivas aún en Europa, permitiendo que las grandes corporaciones se apropien de los espacios que antes eran colectivos o al menos más plurales.
Los imperios de los Murdoch, de los Turner y los Fox, de los Time-Warner, de los Berlusconi, los Azcárraga y los Polanco marcan la pauta de la comunicación en el mundo de hoy, apuntando ya no solo a la dominación económica, sino también a la política, señalando los mandatarios, cuando no tratando de imponerse en el poder estatal por sí mismos.
Acontecimientos como la ocupación de Irak han demostrado cómo esas inmensas cadenas mediáticas sirven a la manipulación y la ocultación de los hechos, y cómo hasta diarios de acumulado prestigio internacional, como el New York Times y el Washington Post, que fueron ejemplo de independencia ante el poder, que no se doblegaron durante la guerra fría, han bajado sus banderas al toque de tambor del patriotismo.
Ambos periódicos tuvieron que reconocer en el 2004 la falta de rigor y la poca independencia con que habían asumido la campaña desinformativa del gobierno de Estados Unidos para justificar la terrible agresión al pueblo de Irak, destrozado y aterrorizado a nombre del combate al terrorismo.
La doctrina de la seguridad nacional que justificó las tiranías sudamericanas de los años setenta y ochenta y que arrasó con toda libertad de comunicación y hasta con la vida de cientos de periodistas, se ha impuesto en Estados Unidos frente a la inseguridad del terrorismo.
En un artículo en El Comercio de Quito, del 9 de enero del 2005, Fernando Meza analiza las tendencias del periodismo actual, indicando el dominio progresivo de la televisión, con escasa credibilidad, y denuncia unos medios de comunicación identificados como parte del poder. Resalta que en la lucha contra el terrorismo los estados liberales han recortado las libertades civiles, entre ellas la de expresión, al tiempo que montan estrategias para controlar la información, para concluir en que uno de los mayores retos que afrontan los periodistas es el hecho de que los medios comienzan a ser parte de gigantescas corporaciones que manejan su propia agenda económica e incluso política.
Ramonet llega a proclamar que vivimos la era de la inseguridad informativa, sosteniendo que cada vez más ciudadanos toman conciencia de esos nuevos peligros y se muestran muy sensibles respecto de las manipulaciones mediáticas, convencidos de que en nuestras sociedades hipermediatizadas, vivimos paradójicamente en estado de inseguridad informativa. La información prolifera, pero sin ninguna garantía de fiabilidad. Asistimos al triunfo del periodismo de especulación y de espectáculo, en detrimento del periodismo de información. La puesta en escena (el embalaje) predomina sobre la verificación de los hechos.
Como se puede apreciar, los periodistas de todo el mundo están ante enormes desafíos a su creatividad y capacidad para sobrevivir con cierto grado de libertad en medio de una dominación cada vez más acentuada. Ser periodista significa entonces una continua tensión para defender los pequeños espacios ganados que van siendo incorporados a un inmenso latifundio comunicativo universal.
Y ¿qué significa ser periodista en la República Dominicana? Entre viejos comunicadores va creciendo la convicción de que el periodismo dominicano atraviesa por una de las situaciones más críticas de su etapa libertaria que se iniciara con la decapitación de la tiranía de Rafael Trujillo en 1961.
Durante varias décadas el periodismo dominicano fue asombrosamente libre. Tanto que marcó la diferencia entre dictadura y gobierno autocrático durante el régimen de 12 años del doctor Joaquín Balaguer, cuando casi todas las demás libertades y derechos fueron reducidos hasta el grado de la desaparición.
Se llegó a prohibir el uso de la radio y la televisión a líderes políticas, hasta de la categoría de Juan Bosch y Francisco Peña Gómez. Los periodistas pagamos cuotas de represión, incluso con la vida, con el atentado, la cárcel y el exilio. Pero el periodismo siguió denunciando la asfixia de las libertades democráticas en varios diarios y especialmente en la radiodifusión.
Con el advenimiento de la etapa de formalidad democrática, a partir de 1978, se produjo una explosión de medios de comunicación que alcanzó dimensiones insostenibles ya en la década de los noventa. Se llegaron a editar diez diarios, muchos de ellos a todo color y hasta con cien páginas, y proliferaron las revistas de todo género, con la última tecnología de impresión.
Al comenzar este siglo, en el 2001 los registros del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones marcaban 43 canales de televisión, 7 en la banda abierta y 36 en la UHF. Uno de los canales operaba programación periodística 24 horas y otro similar estaba en proceso de instalación. Sólo en las primeras horas de la mañana se producía una veintena de programas periodísticos de televisión.
Las radioemisoras registradas sumaban 323, de las que 186 eran de Frecuencia Modulada. Más de un centenar adicional operaba clandestinamente y debieron ser cerradas en los últimos tres años.
La Asociación Dominicana de Empresas de Telecables agrupaba a 69 de ellas, pero el total de distribuidoras era de 120 que alcanzaban a 151 comunidades, algunas tan pobres que apenas un centenar de familias podía pagar el costo del servicio, por demás subsidiado por la piratería. En muchas provincias había hasta tres canales de televisión por cable, con programas periodísticos locales.
¿Cómo podía sostenerse ese aparato tan amplio en un mercado de apenas 8 millones y medio de personas, de las que más de la mitad viven en los niveles de pobreza, con un consumo elemental que a duras penas cuenta para el patrocinio mediático?
Esa pregunta nos la formulamos muchas veces, incluso en seminarios y congresos de la prensa nacional. La consecuencia fue un debilitamiento generalizado de las empresas de comunicación. El pastel publicitario no alcanzaba más que para pequeños fragmentos.
Esa debilidad abrió campo al fenómeno de la concentración, especialmente de los medios electrónicos, y al forjamiento de verdaderos monopolios verticales y horizontales, particularmente por parte de grupos financieros.
El Banco Intercontinental (Baninter) fue el caso paradigmático. Llegó a acumular 4 diarios, 8 canales de televisión, 76 emisoras radiofónicas y una red de decenas de distribuidoras de televisión por cable a nivel nacional. Esa inversión, con los recursos de los ahorrantes, fue en parte causante de su escandalosa quiebra del 2003.
Otro de los grupos financieros quebrados en el mismo año, el Nacional de Crédito, invirtió también muchos recursos en medios de comunicación, llegando a disponer de un diario, varias revistas semanales y un canal de televisión.
El asalto del Baninter a la comunicación llevó a otros grupos financieros a incursionar en ese campo, uno de ellos con una cadena de 16 emisoras de radio, y otro con un periódico y un canal de televisión.
La quiebra financiera del 2003 sembró la crisis de los medios de comunicación. No solo porque se cerraron tres diarios, sino porque muchos canales y radioemisoras han quedado en extrema precariedad, con drásticas reducciones de personal, originando el mayor desempleo que se recuerde en el periodismo nacional.
La devaluación derivada de la crisis financiera y la recesión que la ha seguido, han contribuido también a debilitar los demás medios de comunicación, con alto componente de sus costos importados, sin que hayan podido revaluar proporcionalmente el costo de la publicidad.
La consecuencia final es desempleo, caída del salario de los comunicadores, inseguridad, aumento de la autocensura para preservar el medio de vida.
La impunidad que norma la sociedad dominicana se ha impuesto, y un manto de silencio se ha tendido sobre los medios en relación a las responsabilidades de las quiebras bancarias que llevaron a la errática decisión de las autoridades monetarias y políticas de asumir su costo, en total cercano a los 100 mil millones de pesos, suma muy superior al presupuesto nacional del 2003, que era de 82 mil millones de pesos.
La difícil coyuntura ha sido caldo de cultivo para que los propietarios ganen espacio en el control de los medios, haciendo retroceder el poder de los profesionales, y generando un periodismo de menos investigación y más superficialidad.
¿Qué significa ser periodista hoy en la República Dominicana? Eso depende del valor de cada quien en el mercado laboral. Para los que ya vamos en la pendiente resbaladiza de los años, es cuestión de capacidad de maniobra y negociación para mantener los espacios libertarios conquistados durante décadas de trabajo.
El cuadro es menos auspicioso para las nuevas generaciones, para los que emergen. A ellos les costará mucho más esfuerzo, templanza y valor ejercer el periodismo con grados significativos de libertad, para lo cual tendrán que esmerarse en una amplia y profunda formación
Por supuesto, estoy hablando de ser periodista de verdad. Porque los mercantiles de esta profesión no tendrán demasiado problemas. Es más, ahora ganan más principalía y tendrán mejores oportunidades, en la misma medida en que se quiten la cabeza y la coloquen en la mesa de los intereses que controlan la comunicación.
Hablo de que ser periodista es ser comunicador, y que comunicar es servir al interés de la comunidad, de la sociedad, sin exclusiones ni complicidades, reivindicando la multiplicidad de voces, la pluralidad, la universalidad del derecho a la libertad, a la justicia, a la vida.
Ser periodista hoy como ayer es coherencia en la búsqueda del bienestar de toda la colectividad, aunque para ello haya que sacrificar el bienestar individual y hasta la seguridad personal y familiar.-